jueves, 12 de agosto de 2010

Norman Briski: La estrategia de la intensidad















Es verdad que estoy escribiendo cada vez más. Era hora de sentar cabeza.
Me gusta, por degenerado, inaugurar géneros. Ahora, a mi edad, me le he animado a una novela: le puse el punto final en estos días. La idea es a ver si juego al arco, a ver si como arquero llego a Primera. Es un desafío creativo medio anarquista, si se quiere. Se titula Nagasaki de memoria. El personaje va a Nagasaki para recordar la bomba y ahí se da cuenta de que la memoria se convirtió en un evento. Hay un formato político protocolar que le ha quitado todo brillo a esa fecha. Y el protagonista se va, ayudado por una agrupación de taxistas, en medio de la conmemoración.
Hay tres obras mías en El Calibán: Las primas, Rebatibles y Cuentos para el Coco. Esta última la interpreta mi compañera, Eliana Wassermann. Fue publicado, con formato de libro, por una imprenta que es una fábrica recuperada, la Imprenta Patricios.
El arte es curativo, Juan Gris te calma de color.
Es al revés: son duros conmigo los estudiantes. A veces traen una enorme violencia: la falta de querer pensar, de querer despojarse, la falta de entusiasmo. La falta de compromiso con el resto de sus compañeros. Alguien te hace esperar dos horas para un ensayo, vos tenés que cagarlo a trompadas, les digo. Pero no soy para nada agresivo.
Actor es mi manera de ver el mundo. Actor es el que está sintiendo e interpretando lo que está pasando. Como director, soy actor. Como dramaturgo, soy actor.
Me enojo con los intelectuales como yo, que no soy, pero a la vez lo soy. Tengo más cabeza todos los días porque el cuerpo tiene menos tónica, menos ansias de subir a los árboles. Igual, tengo 72 años y no entiendo de dónde saco las pilas. A veces veo gente de teatro, de menos edad, más hechos bolsa, y digo qué pasó. Después, entiendo. Entiendo que trabajaron más para el capitalismo que yo. Y ésa puede ser una buena razón para envejecer antes.
El tema de “La Fiaca” era existencial. Hoy, en cambio, está la necesidad de trabajar.
Con Tato Pavlovsky nos conocimos como nadadores, a los 12 años. Antes que nada fue médico, después se hace psicoanalista, después se hace dramaturgo y después se hace actor. Estar al lado de él siempre es instructivo.
Estar en el exilio y que acá se me viera en el cine, en películas españolas, fue un gran regalo de la vida. Te da fuerzas. No aparecía en los carteles de promoción, pero estaba. Encima, tenía mis arrebatos. Le discutí a Carlos Saura, porque no era director de actores. Le dije que era más ingeniero que artista. El tipo me tomaba como si estuviera un poco loco por el destierro, pero yo se lo decía en serio.
Haber trabajado en el cine español se lo agradezco a Pepe Aguilar. Un jefe de fotografía que había sido el fotógrafo del Che. Un corajudo que vino de España a rescatar a su sobrina en la Embajada de Francia. La Argentina es muy ingrata a veces a la hora de hacer memoria. Con Pepe Aguilar seguro que es ingrata.
Volví porque acá no tengo que decir todo el tiempo lo que he sido. Es muy agrio eso. Acá se te entiende y eso me permite experimentar más, seguir aprendiendo.
Se “desalmó” todo. Que no sé si no será una ventaja: entender por fin que el alma no existe. Eso es bueno siempre y cuando dé pie a un materialismo humano, interesante, poético, para decir algo. Por ahora es sólo miedo.
Es cierto que he sido militante y soy militante en el sentido del término: si estoy en una lucha política, estoy en todas las formas que se puede dar esa lucha política. Pero ahora estoy hecho un barón rampante. Cuando bajo del árbol no veo a nadie. Intenté con Luis Zamora, que era salir del peronismo, que a mí me parecía como dejar de ser judío.
Si pinta la austeridad, el despojo, y vamos todos para allá, ningún problema. Ahora, si yo me desnudo y el otro no; entonces, no. Boludo, no.
Mi teatro no es rentable. De las clases vivo, pero con las obras, y han sido unas cuantas, no gano nada. Ojo que tampoco pierdo. Es justo. A mí me parece que la riqueza es no creerse: ni el teatro lleno, ni el teatro vacío.
Mi mujer es más joven, y esa situación no la cambio por nada. Para neurótico, aquí está el campeón nacional. La gente más joven tiene su entusiasmo genuino.
La estética de las intensidades es lo que buscamos.



11/08/10 - 00:56
Hay tres obras suyas en cartelera. Y se le animó a la novela.  
Por CAMILO SÁNCHEZ 


martes, 20 de julio de 2010

París era una fiesta










La correspondencia que mantuvo con su amigo Eduardo Jonquières, en sus primeros años en Europa, mezcla sus avatares parisinos, sus apreciaciones estéticas y la crónica de una época.
Aurora Bernárdez, la albacea y alguna vez esposa de Julio Cortázar (1914-1984) sigue sacando conejos del aparentemente infinito baúl cortazariano. Han pasado ya veintiséis años desde que murió el Gran Cronopio y, si este ritmo sigue, pronto será mayor la obra póstuma de Julio que la publicada en vida. Llega a las librerías un jugoso tomo de unas seiscientas páginas: Cartas a los Jonquières reúne más de cien cartas (algunas larguísimas, otras breves y hay incluso algunas postales) que Cortázar envió a Eduardo Jonquières (1918-2000), poeta y pintor que fue su amigo desde que ambos fueron alumnos de la Escuela Normal Mariano Acosta.

A diferencia del anterior libro póstumo, Papeles inesperados(2009), que recurría a la miscelánea, Aurora Bernández y su colaborador Carles Alvarez Garriga, entregan un tomo intensamente unitario a pesar de que las cartas que lo componen fueron escritas en un arco de más de treinta años.

Entre 1928 y 1935 Julio Florencio Cortázar estudió para maestro y profesor de literatura en el Normal de la calle Urquiza. Al hacer sus prácticas con los alumnos menores, Cortázar lo conoció a Jonquières. El interés por la literatura, la pintura y la música unió a cuatro muchachos: Julio, Jorge D'Urbano Viau, que luego sería un importante crítico musical, Eduardo Castagnino, y Francisco Reta. Trabajos de ellos aparecieron en Addenda, la revista del colegio, dirigida por otro estudiante, Abel Santa Cruz, luego célebre escritor de folletines radiales y televisivos.

Estos jóvenes rebeldes del grupo que integraba Cortázar abominaban de profesores y autoridades de la entonces ya algo vetusta Escuela Normal Mariano Acosta, fundada en 1874 por Domingo Faustino Sarmiento. Solían reunirse para despuntar sus rebeldías en bares del viejo barrio del Once. Organizaban peñas como La Guarida, que funcionaba en un sótano de la avenida Rivadavia. El nombre ya mostraba el cariz de las actividades que allí se cocinaban: charlas, conferencias y debates que los muchachos vivían como forma de resistencia cultural a la chatura de la época y a los prejuicios reinantes. Algunos profesores del Normal se salvaban de la crítica feroz de los jóvenes: por ejemplo, Arturo Marasso o Vicente Fatone, aunque en las cartas a Jonquières hay alguna alusión decepcionada sobre Fatone.

Una vez graduado, Cortázar trabajó como profesor en colegios secundarios de Bolívar y Chivilcoy, y en la universidad de Mendoza. Tras obtener un título como traductor público nacional se desempeñó en la agencia Havas y más tarde como gerente de la Cámara Argentina del Libro. Hasta que en 1951 y tras algún viaje exploratorio, se va del país y se establece en París, aunque volvió de visita muchas veces, para visitar a su madre, doña María Herminia Descotte, quien habría de sobrevivirlo. Los que van de 1935 hasta 1951 fueron para Cortázar años de intensa búsqueda literaria. Escribió mucho y también rompió mucho. Publicó no poco, desde el que quizás fue su primer poema, en la susodicha Addenda, (una elegía titulada "Bruma", que comienza con estos exaltados versos: "Buscar lo remoto con férvidas ansias/ y en limbos extraños hundir obstinado el deseo") hasta el ya consagratorio Bestiario que publica en Buenos Aires, casi simultáneamente con su partida a Europa, la Editorial Sudamericana.

Quiere la leyenda –en parte creada por el propio escritor– que Cortázar fuera un joven solitario ensimismado en la lectura. La realidad es que siempre vivió rodeado de amigos. En aquellos años, además de Jonquières, Reta y D'Urbano, algunos de ellos fueron Daniel Devoto, poeta, musicólogo, legendario coleccionista de libros, que también se instaló en París; Damián Carlos Bayón, poeta, crítico de arte y narrador, asimismo itinerante; el editor Luis Baudizzone; el ensayista Alberto Salas. También, el extraño e imprecisable Fredi Guthmann, millonario, aventurero, poeta e indagador de experiencias místico-orientales. En esta variada galería humana debe destacarse la figura de Francisco Reta, con el que Cortázar hizo largos viajes por el interior de la Argentina, y cuya muerte en 1942 –Cortázar lo asistió en sus últimos días– desoló a Julio, e instaló a la muerte como experiencia humana central de tantas de sus ficciones, en especial "Ahí, pero dónde, cómo...", un cuento que ficcionaliza el fallecimiento de Reta. Si Reta fue el gran amigo tempranamente muerto, Jonquières fue el amigo siempre vivo: Jonquières ayudó a Cortázar en tantos momentos malos.

Jonquières escribió poemas durante toda su vida: volúmenes delgados con títulos que ilustran sobre su contenido: Permanencia del ser, Crecimiento del día, Zona árida, libros que le ganaron un lugar en la llamada Generación del 40. Son poetas neorrománticos proclives a la efusión lírica. Entre ellos hay por lo menos dos grandes poetas: Enrique Molina y Olga Orozco. Desde muy joven, Jonquières también pintó y sus cuadros, abstractos, exploraciones en formas geométricas, pueden verse hoy en algunos museos: por ejemplo, el Eduardo Sívori. Muy joven, Jonquières se casó con la grabadora María Rocchi y tuvieron varios hijos. La familia Jonquières vivía en Ocampo 3005, casa en la que se realizaban frecuentes reuniones amistosas. EnCartas a los Jonquières, mientras comenta sus avatares parisinos, Cortázar evoca con ternura el calor familiar que transmitían la pareja y los chicos. Quizás por eso los compiladores han preferido el plural en el título: María Rocchi es una interlocutora siempre presente en las cartas y a veces Julio le dedica párrafos especiales. Lo mismo sucede con los niños: Maricló, Albertito, Maríasandra, y la menor, Valeria, a quienes Cortázar, atento a sus juegos y aprendizajes, y a la manera de un tío amoroso, les dedica poemas o comenta sus fotos.

El principio de todo 

Así pues, la Escuela Normal Mariano Acosta está en el origen de este libro, porque en ella nació todo. Es sabido que Cortázar no idealizó su adolescencia y cuando se refirió a ella y al tiempo en el cual transcurrió, fue en términos muy críticos. Sobre este libro planea la sombra del Mariano Acosta. Mientras leía las Cartas a los Jonquiéres mi memoria no podía desprenderse del cuento "La escuela de noche", que con la apariencia de una historia de fantasmas a lo Henry James narra la aventura de dos alumnos, Nito y Toto, que se meten una noche en el viejo edificio para ver cómo es la escuela cuando los chicos se han ido. Y allí descubren un universo horroroso que parece imaginado por un doctor Menguele. La virtuosa sede del laicismo sarmientino se transmuta en un círculo del infierno: torturas, sadomasoquismo y otras perversiones. Semejante escenario fantasmagórico se puebla con alusiones a la realidad diurna. Porque uno de los dos chicos entiende rápidamente las reglas que rigen el horror: los audaces exploradores deben callar lo que han visto. El silencio es el precio de la supervivencia. En la paleta de Cortázar, el uso virtuoso de la ambigüedad (¿qué es real? ¿qué es inventado?) dispara múltiples aproximaciones. La ciudad cordial de la adolescencia cortazariana albergaba crueldades, prejuicios, autoritarismo, cerrazón mental e hipocresía. La Escuela Normal (en alguna entrevista, Cortázar la llamó la "escuela (a)normal") que el imaginario argentino quiere paradigma de una pedagogía democrática, contenía el huevo de una envenenada serpiente.

Contra ese universo falso y denigratorio, Cortázar, en la ficción y en la vida, opuso las fuerzas contrarias: el arte y la amistad entre iguales, el amor y el respeto. "La escuela de noche" integra el último libro de cuentos que Cortázar publicó en vida: Deshoras, aparecido en 1983, es decir menos de un año antes de su muerte. Ha pasado medio siglo desde que el larguirucho Julio Cortázar fatigaba las aulas del Mariano Acosta. Y en ese medio siglo, las heridas no sólo no se han atenuado sino que se despliegan con fuerza cada vez más inaudita.

Cartas a los Jonquiéres tiene una unidad y un desarrollo dramático raro en las recopilaciones epistolares. ¿Cuál es el eje del libro? ¿De qué trata? Su tema aparente son las peripecias de un joven escritor argentino que con 34 años y una prometedora pero aún corta trayectoria literaria se traslada a vivir a París. En las cartas, Cortázar le cuenta detalladamente al amigo sus derivas domiciliarias, sus problemas laborales y económicos, pero también el detalle de su descubrimiento de París, la crónica de la vida cultural francesa, de los personajes que conoce. Lo que escribe, lo que publica, sus afanes de escritor aún no reconocido, su lucha contra la opacidad del mundo que lo ignora. Cortázar, acompañado de Aurora, viaja febrilmente –uno de los propósitos del traslado a París era precisamente viajar– y cada viaje, ya sea por vacaciones o por trabajo, es detalladamente relatado en las cartas. Así el libro es crónica viajera de ciudades, comarcas de Italia, Suiza, Bélgica, España y otros rincones del mundo. Todo con el inconfundible tono cortazariano: la prosa juguetona, los sobrentendidos culteranos alternando con referencias cotidianas o banales, el humorismo zumbón y esa prodigiosa capacidad para cambiar los ritmos de la escritura, pasando del humor liviano a la epifanía dramática, de la poesía al chiste. Podría llamarse a esto la "retórica cortázar", y hará las delicias de quienes la aman, o aburrirá una vez más a quienes la odian. O nos deleitará y nos aburrirá a la vez a algunos lectores que llevamos toda nuestra vida alimentándonos de estos manjares.

¿Es Cartas a los Jonquiéres, pues, más de la misma sopa cortazariana? En parte sí, porque muchas de las páginas nos traen el aroma inconfundible de otras prosas del autor. Ello es inevitable pues Cortázar hizo de la escritura de cartas un diario de vida y también un bastidor en el cual adelantó sus temas y su estilo, un borrador infinito en el que ensayaba su mundo narrativo y poético. Cortazarismo puro, o retórica cortazariana, sí. Pero también otra cosa.

Porque debajo de tanto chiste, de tanto París en zapatillas, de tanta peripecia sobre el artista pobre y sus estrategias para sobrevivir junto al Sena, crece otro tema, mucho más denso. El libro presenta a dos hombres maduros, a dos artistas en la plenitud de sus vidas, enfrentados a una encrucijada esencial. Son, además, dos argentinos, es decir dos personas frustradas, víctimas de un país que los rechaza y los aplasta, y que podría devorarlos si no luchan desesperadamente por subsistir.

En este punto debe señalarse que consciente o inconscientemente los curadores han dado en el blanco al publicar sólo las cartas de Cortázar (según el prologuista Alvarez, las cartas de Jonquières se perdieron) ¿Qué le constesta Jonquières a Cortázar? No lo sabemos y esa ausencia es un recurso dramático extraordinario. Porque hay que recalcarlo, las cartas de Cortázar a su amigo no son el discurso ególatra de un busto parlante. Todo lo contrario. Cortázar se comunica con Jonquières y si bien buena parte de las cartas cuentan lo que le pasa a Cortázar, con frecuencia él quiere saber lo que le pasa a Jonquières, y esa vida, ese relato que no conocemos, que sólo podemos adivinar a través de sus ecos en el corresponsal que escribe desde París, es largamente comentada por Cortázar. Hay en el libro minuciosos comentarios cortazarianos a los libros de Jonquières. El libro es también un ensayo crítico sobre la poesía de Jonquières.

Cortázar es muy púdico y el libro en realidad habla más de la intimidad de Jonquières que de la intimidad de Cortázar. Llega un momento en que ese diálogo, del cual el lector sólo conoce una mitad aunque puede adivinar o imaginar la otra mitad, adquiere una densidad explosiva. El prologuista Alvarez Garriga se da cuenta, pero atribuye la tensión entre ambos corresponsales a una diferencia de caracteres, pues Jonquières era un"chinchudo". Hay otras cosas. Muchas otras. Porque esos dos hombres, en la cuarentena, en un país que los frustra, tienen que decidir su vida. Esa discusión tiene que ver con el dilema entre irse o quedarse. Y, ¿qué hombre o mujer argentinos, en las últimas generaciones, no ha vivido ese dilema? Tras no pocas vacilaciones y dramáticos desgarramientos Cortázar decide partir en 1951. Jonquières lo hará en 1959.

Hay en este libro una carta extraordinaria. Está fechada el 27 de agosto de 1955. Jonquières, aplastado por la chatura y mediocridad de la Argentina que ya había expulsado a Cortázar, no sabe si seguir en la dura faena del arte, o renunciar, venderse. A diferencia de Cortázar, que permaneció soltero y sólo se casó con Aurora en París, Jonquières ha formado una familia y tiene que mantenerla. ¿Qué hacer? ¿Dar carpetazo al país paralizante o rendirse a las mil coartadas que justifican la derrota? Cortázar trata de señalarle al amigo que no es necesario tirar a la basura los afectos, esos que Cortázar tanto ve en Jonquières y que tanto ama. En dicha dramática carta, Cortázar vapulea a su amigo, le marca todas las debilidades y renuncios que desde París, Cortázar ve en Jonquières, y finalmente, le explica al amigo la necesidad que un artista tiene de mirar a fondo en su propio ser y, si es un artista verdadero, sacrificar todo por su arte. Y le explica cuál es para él la mejor manera de hacerlo: "Al mundo no hay que resistirle, lo que hay que hacer es elegir bien el mundo que uno prefiera y al cual hay que darse; y a ese, ah, a ese hay que darse a fondo, como cuando se nada, se duerme o se quiere".

Hubieran bastado esas páginas, quizás esa frase, para que este libro nos devuelva una vez más a un escritor que siempre ilumina. Y el festín sigue.

viernes, 4 de junio de 2010

Concierto memorable

Según se dice, Louis Amstrong después de un Concierto memorable en el “Carnegie Hall”, donde fue aplaudido de pie durante diez minutos por un público ocioso y conformista, interpretò una improvisacion donde evocaba momentos de su infancia, cuando era repartidor de carbon en el arizona, y vendedor de leche en su ciudad natal.
Después de discutir acaloradamente con su representante, dejó el teatro sin firmar autógrafos y se fue a un hotel de Manhattan donde pasó la noche o parte de ella con una prostituta veinte años menor que él.
Dicen también que a las tres de la mañana después de haberse bajado media botella de whisky y en un ataque de inspiraciòn salió al pasillo del hotel envuelto en una túnica de seda amarilla,  pudo desahogarse haciendo sonar su trompeta con toda la fuerza de sus pulmones y despertando a todos los turistas, tocando una melodía que desde hacía varios días le daba vueltas por la cabeza y que fue usada al año siguiente en una película ambientada en la Chicago de los años treinta, donde un ganster de origen napolitano vendia botellas de vino italiano reciclado a los irlandeses en la bahia de Hudson, y después de ser procesado y condenado a siete años de carcel escapaba en mexico y dirigia un prostibulo donde se enamoraba de una bailarina venezolana, que después lo engañaria con un turista irlandes antiguo cliente de su marido, que vendia numeros falsos de loteria y prestaba dinero a los comerciantes de la zona, hasta que muriò de un infarto justo la noche en que Louis Armstrong presentaba su concierto con Ella Fitzllerald y era el inicio de su decadencia.


Lucas Molina, Parìs 1998

sábado, 17 de abril de 2010

Los valores del arte - por Lucas Molina

















                   




Admiramos a Picasso y a Goya, a Miguel Angel, a Rodin, a Van Gogh y a tantos grandes maestros del arte. Clásicos o modernos, manieristas, impresionistas, cubistas y surrealistas.
Valoramos la creatividad de estos artistas, su maestría técnica, su capacidad de representar un acontecimiento histórico y  la gran expresividad de sus figuras así como su sentido de la armonía y la belleza en cada una de sus obras.
Todas las enciclopedias nos muestran la vida y obra de estos artistas; miles de museos en el mundo están dedicados a ellos que son los artistas más destacados de la cultura occidental.                    

Sin embargo, en las Bienales de Arte y concursos de pintura, paradójicamente se premian obras que nada tienen que ver con los principios técnicos, estéticos y artísticos de estos grandes maestros: No es más que una burla para los amantes del arte. Quizás porque se ve en ellas algo de "original", cuando en realidad no es algo más que un objeto extravagante.No les parece absurdo todo esto? Quizás más absurdo que la obra premiada!




Obras vacías de contenido y desprovistas de técnica (por no decir de virtuosismo) ganan premios y son publicadas en las revistas especializadas. Sus creadores, artistas mediocres y sin escrúpulos realizan una serie infinita de muestras en las galerías más importantes del mundo.

Creo que todo esto sirve sólo para crear “arte de la nada” y usarlo para lavar dinero o para alimentar la especulación de galeristas y coleccionistas privados.
De este  modo cualquier “artista” con un poco de suerte y sin ningún talento creativo,  puede alcanzar renombre y vender sus obras a precios astronómicos, dándole así un  valor de mercado a un objeto que en realidad no lo tiene. De esta manera un pedazo de madera o una tela pintada puede valer mucho más que una Ferrari.

Donde está el espíritu del arte, su relación con la naturaleza, su sentido de la armonía y de belleza?
El arte actual es solo la cáscara de ciertos principios surrealistas ya superados,  es la manifestación más evidente del vacío cultural en el que hemos caído. Un postmodernismo decadente y absurdo, por definirlo de alguna manera.

Estamos cansados de ver “obras” que pasan por geniales cuando en realidad son solo porquerías: un mamarracho infame, un producto más del mercado para burgueses aburridos y traficantes de cultura. Una burla macabra para los amantes del arte.
Creo que es mucho mas Arte, el de los graffitis y el de los pintores callejeros.







Lucas Molina
Por favor dejà tu comentario.
Gracias
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1er premio ArteBa 2010 




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miércoles, 14 de abril de 2010

ARTE CONTEMPORANEO


Arte contemporáneo, arte a la baja

Las ventas globales en 2009 fueron la mitad de las de 2007 - Los pintores chinos modernos se cuelan con fuerza entre los más cotizados del mercado de subastas

CATALINA SERRA - Barcelona - 14/04/2010
El pintor de las gambas, le llaman algunos. También de los insectos, de los pájaros, de las cosas cotidianas y pequeñas que plasmaba con trazo certero en tinta o en acuarela sobre papel. Qi Baishi (1864-1957), pintor de origen humilde y autodidacta, fue contemporáneo de Picasso y ahora le pisa los talones en el ránking de los artistas más cotizados del mundo.
El pintor de las gambas, le llaman algunos. También de los insectos, de los pájaros, de las cosas cotidianas y pequeñas que plasmaba con trazo certero en tinta o en acuarela sobre papel. Qi Baishi (1864-1957), pintor de origen humilde y autodidacta, fue contemporáneo de Picasso y ahora le pisa los talones en el ránking de los artistas más cotizados del mundo. La noticia ha sacudido el mundo del arte. En 2009, este maestro de la primera vanguardia china se ha colocado, según el índice de Artprice, en el tercer lugar en la lista de artistas más vendidos, por detrás del mencionado Picasso y de Warhol; ambos han sufrido un descenso en el número de ventas, pero el alto precio alcanzado por algunas de sus piezas en subasta les mantiene en las alturas.
La llegada de un artista chino al podio de los más cotizados era de esperar, dada la potencia del mercado chino. En 2007 ya se situó en tercer lugar desbancando a Francia, y no para de crecer. Según Artprice, en 2009 supuso el 17,4% del mercado global por detrás de Estados Unidos (27,9%) y Reino Unido (21,3%). Otro solvente estudio, el que ha elaborado la economista Clare McAndrew para TEFAF, la feria de arte de Maastricht, considera que China supone el 14% de la cuota del mercado global y augura mayores crecimientos.
Lo curioso es que toda esta potencia se concentra casi exclusivamente en su propio país. Los chinos compran arte chino en China. El 90% de los 70 millones de dólares que recaudaron las 564 obras de Qi Baishi que se vendieron en 2009 fueron adjudicadas por casas de subastas de Pekín, Shanghai y Hong Kong.
El caso de Qi es, además, paradigmático de lo que está sucediendo en el mercado global. El coleccionista se está volviendo conservador y apuesta por los valores ya consolidados. La demostración es que han cerrado muchas galerías de arte emergente en Pekín y, en cambio, las tres obras más caras del año son de artistas modernos o clásicos. El récord lo ostenta un magnífico dibujo de Wu Bin, pintor del siglo XVII (Dinastía Quing) que se vendió por 22,1 millones de dólares, según Artprice. Le siguen en la lista una caligrafía (14,2 millones de dólares) de Zeng Gong, artista del siglo XI (dinastía Song) y el ya citado Qi Baishi con un dibujo que costó 12,4 millones de dólares.
"Está claro que cuando hay crisis la inversión se refugia en los valores seguros", comenta el galerista Artur Ramon, que este año se ha estrenado en la TEFAF y considera muy ajustados a la realidad los recientes informes sobre el mercado. "Lo sorprendente es que, según el informe de la TEFAF, el precio medio de las obras de arte contemporáneo ha descendido un 51% este año, frente al 37% de descenso de las obras de arte moderno y de la subida del 2,6% en la obra de los grandes maestros", indica, y añade: "El mercado del impresionismo vuelve a estar en alza y el contemporáneo, que en los últimos años era el más especulativo, es el que ha ha bajado más".
Lo de los maestros antiguos también es una señal. En 2009, sin ir más lejos, en la lista de los top ten ya no hay ningún artista vivo y, en cambio, se puede encontrar a Rafael en un digno noveno puesto gracias a la venta de un dibujo que alcanzó los 42,7 millones de dólares.
Ya nadie duda de que estos años pasados se vivió una burbuja especulativa similar a la de los noventa y que ha explotado de la misma manera que lo hizo entonces. Según el informe de la TEFAF, las ventas en subasta bajaron un 32% en 2008 y la venta en salas, un 21%. Las casas de subastas se apretaron el cinturón y redujeron sus previsiones, sus catálogos y sus bases de garantías. Según Artprice, el número de ventas millonarias se redujo a la mitad entre 2007 y 2009 y esto produjo que el volumen total de ventas también fuera casi la mitad de los más de 9.300 millones de dólares de 2007, año del boom.
Los más perjudicados han sido los artistas contemporáneos, que en algunos casos se han retirado estratégicamente del mercado. Damien Hirst, por ejemplo, ha facturado 14 veces menos que en 2008 (año de su gran subasta millonaria) y Jeff Koons también ha visto cómo pasaba de vender por valor de 89 millones de dólares en 2007 a los 28 millones del pasado año, con una bajada de precios, en este período del 40%. Siempre según los datos de Artprice, lo mismo le ha pasado al japonés Takashi Murakami, que pasó de vender 32 millones en 2008 a los tres millones de 2009, o al indio Subodh Gupta, que pasó de 15,1 millones a 627.000 dólares.
"Es lógico que la crisis sea fuerte en el arte porque lo es en todo el sistema económico", explica la crítica y experta en mercado Lola Garrido. "En los noventa, la burbuja estaba en los impresionistas, porque muchos de los compradores eran inversores japoneses que especulaban con el ladrillo y los riesgos financieros; cuando entraron en crisis también se acabaron las compras millonarias de van goghs. Ahora la burbuja estaba en el arte contemporáneo y, como los que compraban muchas veces eran especuladores que provenían del mundo financiero y de las inmobiliarias, ha sido ahí donde ha golpeado más fuerte. Cuando pasa esto el dinero vuelve a lo seguro. Lo que no era lógico es que un Jeff Koons costará igual que un clásico de museo".
Tanto Artur Ramon como Lola Garrido advierten una cierta recuperación a principios de 2010, pero es algo que los estudios de mercado aún apuntan de forma muy débil, pese a los récords mediáticos como el giacometti que pulverizó a principios de año todos los datos. Se verá el próximo mes en las grandes subastas de Nueva York y Londres. Allí, como siempre, puede volver a haber récords: salen a subasta importantes obras de Warhol o Picasso, valores seguros. Otra cosa es que la media les siga.

Cifras de un negocio en la encrucijada

Los 10 artistas que más recaudaron en 2009: Picasso, Warhol, Qi Baishi, Mattisse, Mondrian, Giacometti, Léger, Degas, Rafael y Monet. De los españoles, además de Picasso, figuran Miró (12º), Dalí (65º) y Sorolla (93º) en la lista de los 100 artistas mejor vendidos del año.
La obra más cara colocada en subasta en 2009 fue el dibujo Cabeza de musa, de Rafael, vendido por 28,8 millones de euros el pasado diciembre en Londres. En 2010 ya se han batido récords mundiales con los 74,3 millones de euros por L'home qui marche, de Giacometti (en la imagen). De momento, la obra más cara del mundo, que no se vendió en subasta, sigue siendo Number 5, de Pollock, comprada en 2007 por el productor David Geffen por 109,6 millones.
El precio medio de una obra de arte contemporáneo se ha situado en 2009 en 14.000 euros (un 51% menos que en 2008); el de arte moderno es de 144.000 euros (37% menos) y el de maestros antiguos, en 50.000 euros (2,6% más).
Las ventas en subastas del arte contemporáneo son las que más han bajado: pasaron de los 915 millones de 2008 a los 378 millones de 2009.

sábado, 20 de marzo de 2010

En busca de la mujer artista



En busca de la mujer artistaComo en el caso de Maruja Mallo o Frida Kahlo, cine y literatura se interesan por la vida de las pintoras más enigmáticas. 













De unos años - pocos-a esta parte, ha surgido en la literatura y en el cine un personaje que antes no existía: la pintora. También la escultora, cantante, escritora, música o directora de cine; en una palabra: la mujer artista; pero la pintora es su encarnación más común. Sólo de Artemisia Gentileschi se han publicado en España cinco biografías más o menos noveladas; Frida Kahlo ha sido objeto también de varias biografías y novelas, así como de dos películas, sin contar su aparición como personaje secundario en otras muchas... Ambas tienen, en verdad, vidas muy suculentas, por no decir truculentas: Artemisia, hija de un pintor célebre, fue violada en la adolescencia por un amigo de su padre, y lo llevó a los tribunales, provocando un proceso escandaloso; Frida sufrió, también muy joven, un terrible accidente que la tuvo postrada en una cama la mayor parte de su vida, lo que no le impidió tener numerosos amantes, algunos de ellos tan famosos como el muralista Diego Rivera (con el que se casó) o el mismísimo León Trotski. Pero estas dos figuras son sólo la punta del iceberg.

La pintora renacentista Sofonisba Anguissola; la retratista de María Antonieta, Madame Vigée-Lebrun; la escultora Camille Claudel, discípula y amante de Rodin; la polaca Tamara de Lempicka; Dora Carrington, del grupo de Bloomsbury; las españolas Maruja Mallo y Remedios Varo, ambas de la generación de la República y exiliadas en América Latina después de la guerra... son algunos de los nombres que vienen a engrosar una abultada nómina. Eso por no hablar de figuras imaginarias, como las pintoras (o, más raramente, escultoras) que pueblan las ficciones de Alison Lurie (La verdad sobre Lorin Jones),Clarice Lispector (La pasión según G. H.,Agua viva,Un soplo de vida)o Clara Usón (Corazón de napalm).

Que el cine se haya interesado por la biografía de pintores no tiene nada de sorprendente, aunque sólo sea por la riqueza de imágenes que semejante tema ofrece. Ya en 1935, La kermesse héroïque,de Jacques Feyder, narraba cómo los habitantes de un pueblo holandés posan para un cuadro muy parecido a La ronda nocturna de Rembrandt, y este protagoniza, al año siguiente, la película del mismo título de Alexander Korda. En la década de 1950 se multiplican los biopics sobre pintores: John Huston se inspira en Toulouse-Lautrec (Moulin Rouge,1952), Vincente Minelli en Van Gogh (El loco del pelo rojo,1956), Henri-Georges Clouzot en Picasso (El misterio Picasso,1956), Jacques Becker en Modigliani (Los amantes de Montparnasse 19,1958)... Es en los años ochenta cuando asistimos a un nuevo fenómeno: el pintor empieza a convivir, como personaje cinematográfico - y también literario-con la pintora. Convergen, en esa moda, dos fenómenos. Por una parte el auge de los temas históricos, una tendencia cuyo inicio puede fecharse en 1980 con el éxito colosal de El nombre de la rosa,de Umberto Eco (la novela de Marguerite Yourcenar Memorias de Adriano se había publicado mucho antes, pero había pasado desapercibida en un primer momento), y que desde entonces no ha dejado de ir en alza, en literatura y también en cine, como atestiguan las numerosas películas centradas en pintores del pasado: Vermeer (La joven de la perla,de Peter Webber, 2003), el Greco (El Greco,de Iannis Smaragdis, 2007), Goya (Volaverunt,de Bigas Luna, 1998, Goya en Burdeos,de Saura, en 1999)... Por otra parte, el feminismo, que si bien se ha diluido en tanto que movimiento político y social, ha calado, en cambio, en la universidad. Es así como se han exhumado biografías de mujeres artistas capaces de suscitar un interés primero académico, pero finalmente popular.

El pistoletazo de salida lo dio en 1971 un artículo publicado por la revista Art News que llevaba un provocativo título entre interrogantes: "¿Por qué no ha habido grandes artistas mujeres?". El texto, que suscribía la profesora neoyorquina Linda Nochlin, se hizo inmediatamente célebre y abrió una nueva línea de investigación en la historia del arte (su trigésimo aniversario, en el año 2001, motivó un con greso en la Universidad de Princeton). En realidad, la pregunta no era nueva; ya se la había planteado Virginia Woolf, que la respondía aludiendo a la dificultad, para las mujeres, de acceder a la formación específica y a los materiales necesarios para la pintura. Ellas no tenían las telas y caballetes, las clases, la oportunidad de trabajar en el taller de un pintor conocido, la libertad de movimientos, en fin, los masters and mistresses que todo artista necesita, apunta Woolf con un doble sentido (master es maestro, y mistress,maestra o... amante). Boutades aparte, el mérito de Linda Nochlin fue sistematizar las razones básicas que pueden explicar la extrema escasez, por no decir ausencia, de mujeres en la nómina de los grandes pintores de todos los tiempos. Razones que se dividen en dos apartados: unas institucionales; las otras, más íntimas.

El recorrido artístico típico: la enseñanza en la academia, el estudio del desnudo - imprescindible para pintar personajes-,la participación en concursos, el trabajo colectivo en un taller, los viajes a Italia para familiarizarse con la obra de los grandes maestros... estaba vedado a las mujeres. Era, pues, "institucionalmente imposible que las mujeres alcanzasen la excelencia, o el éxito, artístico". Y, de hecho, las escasas pintoras que hubo a pesar de todo, solían pertenecer a familias de pintores, como Artemisia, hija del famoso artista barroco Orazio Gentileschi.

Junto a las condiciones objetivas, hay también cuestiones subjetivas de al menos igual importancia. La cultura patriarcal distribuye los roles entre los sexos de forma tajante: las mujeres crean seres de carne y hueso, los varones - en exclusiva-pueden crear obras del espíritu. Una mujer que pretendiese ser artista era contemplada con desconfianza, como loca, marimacho o bicho raro. Y como dice Nochlin, "el éxito resulta aún más escaso y más difícil desde el momento en que se necesita, además de trabajar, luchar contra los interiores de la duda y y afrontar en lo externo los monstruos del ridículo y de la condescendencia".

El artículo de Nochlin, luego convertido en libro, desencadenó numerosos estudios. Que llevaron a una conclusión inesperada: habían existido muchas más artistas, algunas de ellas muy notables, de las que se creía. El personaje de la mujer artista es, pues, lo bastante excepcional como para resultar atractivo, intrigante, y a la vez suscita un creciente interés. No es de extrañar que de un tiempo a esta parte sean cada vez más frecuentes sus apariciones en papel impreso y en pantalla. Tampoco es de extrañar que en literatura, esas apariciones vengan de la mano de mujeres escritoras. (Si las películas sobre pintoras, en cambio, son mayoritariamente obra masculina, tal vez ello puede atribuirse a que los varones forman una mayoría aplastante entre los cineastas. En España, por ejemplo, de las películas estrenadas entre el 2000 yel 2006 sólo el siete por ciento fueron obra de una directora).

Para cualquier artista, la vocación, la creación, y las dificultades y obstáculos con que se topa, son un tema importante. Grandes escritores han hecho de ello el argumento de grandes novelas: piénsese en La obra maestra desconocida, de Balzac, o La obra, de Zola, inspirada en su amigo Cézanne. Dos de las grandes novelas del siglo XX se centran en escritores, con la vocación artística como argumento principal: La búsqueda del tiempo perdido, de Proust, y Retrato del artista adolescente, de Joyce. Las mujeres, en cambio, no encuentran o no han encontrado hasta hace poco, en la literatura, modelos de creadoras, historias reales o imaginarias que las ayuden a identificar unos conflictos en parte comunes a cualesquiera creadores, pero en parte específicos de las creadoras, en femenino (y si algún modelo encuentran, puede ser tan ridículo, tan caricaturesco, como la poetisa que aparece en Mort de dama,de Llorenç Villalonga). Forjar personajes de mujer artista que resulten verosímiles, humanos, que sin ser idealizados no caigan tampoco en la caricatura, ha sido yes un empeño en el que coinciden numerosas escritoras, desde Madame de Staël o Cecilia Böhl de Faber (Fernán Caballero),en el XIX, hasta Carmen Martín Gaite o Clarice Lispector, pasando por Willa Cather, Sylvia Plath, Lourdes Ventura, Lucía Etxebarría o María Teresa Álvarez,en el siglo XX.

Un conflicto tradicional Lo curioso es que con frecuencia, en vez de escribir sobre escritoras como sería de esperar, las autoras prefieren hacerlo sobre mujeres dedicadas a otros terrenos artísticos. Si existen algunos personajes de mujer que se dedica o aspira a dedicarse a la literatura (la Corinne de la obra homónima, en su tiempo famosísima, de Madame de Staël, la protagonista de La campana de cristal,de Plath, la de Fuera de temporada,de Ventura...), es más habitual que se trate de otras artes. Tal vez porque, de ese modo, la siempre embarazosa referencia autobiográfica resulta menos obvia. Pero sea cual fuere la forma de creación a la que se consagran estas protagonistas, el conflicto entre la condición de artista - una vocación absoluta, devoradora, egoísta-y el papel tradicional de la mujer forma casi siempre el nudo de la historia. Así, la cantante de ópera que protagoniza The song of the lark,de Willa Cather (1915), tiene que elegir entre cumplir un sueño profesional o cuidar a su madre moribunda. Es más habitual, sin embargo, que el dilema sea amoroso. Corinne (1807), poeta y mujer independiente, es abandonada por su amante, que prefiere una esposa más convencional. En La gaviota (1859), la ultraconservadora Böhl de Faber nos presenta a una niña con buena voz, hija de un pescador, que se convierte en cantante de ópera y, cegada por su éxito, menosprecia a su marido, cae en manos de un seductor y termina en una merecida desgracia: su amante muere, ella pierde la voz, y acaba volviendo al pueblo y casándose con un bruto... Es curioso que siglo y medio más tarde, no sea mucho más feliz la historia de Ruth, la guionista, cineasta y actriz que protagoniza De todo lo visible y lo invisible (2001) de Lucía Etxebarría: su relación amorosa con un joven poeta desemboca en un intento de suicidio cuando el chico la deja... Guionista de cine, al menos a ratos, además de diseñadora, es también la protagonista de Irse de casa (1998), de Carmen Martín Gaite, y en Lo raro es vivir (1996) aparecen una cantante y compositora de rock y una pintora. En definitiva, parece haber nacido un nuevo género: la novela sobre la mujer artista. Hay que decir, sin embargo, que aún está en sus inicios. En la mayoría de las obras citadas, la creación artística es sólo un telón de fondo, un recurso cómodo para dotar a la protagonista de una profesión con aura de prestigio. Pero algunas novelas se centran en ella. Lo hace Clarice Lispector en varias de sus obras, protagonizadas por artistas plásticas (escultora, en La pasión según G. H. -1964-,pintoras en Agua viva - 1973-y la póstuma Un soplo de vida,de 1978), que especulan sobre la naturaleza del acto creador, que, para la autora brasileña, equipara a la madre, al o la artista, y a Dios... En un registro distinto, la española Clara Usón, en su reciente Corazón de napalm y con humor-los problemas personales y los obstáculos externos con los que se encuentra una mujer que quiere dedicarse, aquí y ahora, a la pintura... Seguirán, qué duda cabe, otras novelas y películas que explorarán el mismo tema bajo distintos ángulos. 

sábado, 13 de febrero de 2010

Arte con los desechos

El Guggenheim presenta las obras que Rauschenberg creó reutilizando piezas de metal.- 'Gluts' fue su última serie de esculturas



Una señal de tráfico, trozos de carteles de autopistas, los restos de un colchón, una persiana rota, un radiador oxidado, cestas de supermercado, una bicicleta a la que le falta una rueda, los restos del salpicadero de un turismo o los paneles que un día sirvieron para marcar el precio de las gasolinas. Son piezas de metal, inservibles, encontradas en instalaciones fuera de uso o recuperadas de vertederos que Robert Rauschenberg (Texas, 1925-Florida, 2008) reutilizó para convertirlas en esculturas. A partir de deshechos, el artista creó la serie Gluts (excesos), cerca de 250 piezas elaboradas a lo largo de diez años. El Museo Guggenheim Bilbao inauguró ayer una exposición con cerca de 60 esculturas de Gluts, que permanecerá abierta hasta septiembre.



La primera vez que Rauschenberg expuso las obras de la serie las definió como "souvenirs sin nostalgia". "Su verdadera misión es ofrecer a la gente la oportunidad de observar las cosas y descubrir sus múltiples posibilidades", dijo. Era 1986 y su galerista de Nueva York no consiguió vender ni un sólo souvenir.



La comisaria de la exposición, la conservadora del Guggenheim de Nueva York Susan Davidson, destaca que Rauschenberg utilizó elementos que encontraba por la calle sobre sus lienzos muchos años antes de comenzar con la serie Gluts. "Siempre estuvo entusiasmado por los deshechos, por lo que otros han tirado por darles una nueva vida, y crear obras en las que se descubre poesía y humor", explica. "Son los materiales los que le sugerían las obras".



Rauschenberg había empezado a experimentar con las texturas y los reflejos del bronce, el aluminio y el acero inoxidable, cuando se encontró, a mediados de la década de los 80 del siglo pasado, con la ruina que una crisis económica estaba dejando en Texas. El exceso (glut, en inglés) de producción de petróleo provocó una recesión y dejó a la vista un paisaje empobrecido, y lleno de chatarra. Entre los desechos descubrió otros tipos de piezas de metal, la basura que convirtió en murales y esculturas.Rauschenberg no escondió el carácter de las piezas. Apenas hay manipulación ni añade otros elementos. Simplemente, ensambló trozos de metal inservibles. Las obras de Gluts parten del abandono, pero transmiten la ironía y el sentido del humor de Rauschenberg. "Bob se divertía mucho realizando estas piezas", asegura Davidson.



Año y medio después de su muerte, la muestra es el homenaje del museo a un artista que considera cercano. Rauschenberg estuvo en la inauguración del museo en 1997, en la presentación de su retrospectiva un año más tarde, y regresó en 2004 a la exposición que presentó su amigo el pintor pop James Rosenquist. Y en cada visita fotografiaba el museo y las calles de Bilbao buscando ideas para su obra.

jueves, 11 de febrero de 2010

El arte de la nada




¿Cuánto vale una vieja foto de Stalin? Nada. ¿Y si Damien Hirst le pinta encima una nariz roja? 155.000 euros. Cuando el artista contemporáneo se convierte en marca; el mercado, en especulación, y la obra, en símbolo de estatus, ¿qué queda del arte?

El cielo amaneció encapotado, con amenaza de lluvia. Fue un lunes sombrío en Londres. Los vagones de la Jubilee Line hacia la estación de Canary Wharf iban atestados. Como siempre. Los jóvenes empleados de la financiera Lehman Brothers escuchaban música en sus iPhone o leían el diario gratuito Metro. Como siempre. Edouard d'Archimbaud, un joven francés de 24 años, se sentía emocionado porque ése iba a ser su primer día de trabajo. Pero aquel 15 de septiembre de 2008, cuando la mastodóntica estación diseñada por el arquitecto Norman Foster escupió los miles de trabajadores hacia los edificios de la nueva city financiera, ya no fue como siempre. El mundo estaba a punto de cambiar en 59 segundos. El banco Lehman Brothers entregaba cartas de despido. Caía la primera ficha del dominó de una de las mayores crisis económicas de nuestra historia reciente.

Mientras, al otro lado del Támesis, en la espectacular sede londinense de la casa de subastas Sotheby's, fundada en 1744 por el comerciante Samuel Baker -"el mejor postor es el comprador", era el lema de su casa-, el artista británico Damien Hirst (1965) subastaba las obras de su colección, 233 lotes, saltándose de una tacada a galerías e intermediarios, por 140 millones de euros. Fue una jugada maestra. La doble faz de un mundo global que mostraba en los informativos de la BBC las caras desoladas de los trabajadores despedidos del emporio financiero, y el rostro orondo con gafas de ultradiseño de uno de los más famosos representantes de los Jóvenes Artistas Británicos (YBA).

El mercado del arte contemporáneo y el financiero se habían encontrado, por fin. Tanto tiempo disimulando y el crash puso a los lobos con piel de cordero en su sitio. Pero lo peor aún estaba por llegar. Don Thompson, un economista anglosajón y profesor de ciencias empresariales que oculta coquetonamente su edad, ha investigado durante años para escribir un libro, El tiburón de doce millones de dólares (editorial Ariel), en el que demuestra cómo el marketing y la codicia dominan el mundo del arte.

En su libro, Thompson arranca con una fecha, 13 de enero de 2005, en Nueva York, y una escultura de un tiburón tigre disecado, de cuatro metros y medio y dos toneladas de peso, capturado en Australia en 1991 y embalsamado por el artista británico Damien Hirst. "El tiburón", dice Thompson, "por esa fecha ya estaba bastante arrugado y la impresión que daba era bastante asquerosa". Pero alcanzó un precio exorbitante, 12 millones de dólares, la máxima cifra pagada nunca por una obra de arte contemporánea, a excepción de Flag, de Jasper Johns.

Charles Saatchi, antes publicista y ahora confeso "artoholic", coleccionista de arte y propietario de una galería-museo en el elegante barrio londinense de Chelsea, quiso deshacerse de la pieza y encargó a Larry Gagosian, el marchante de arte más conocido del mundo, que moviera la cola del tiburón por el ambiente de Manhattan. Dicho y hecho. La obra la adquirió un archimillonario, Steve Cohen, quien donó, tiempo después, la vitrina del escualo disecado al MOMA de Nueva York.

Hirst para entonces ya se había convertido en una marca, "algo que sustituye al juicio crítico". Jerry Saltz, crítico de arte de Village Voice, lo expresó de forma magistral: "Sus cuadros son etiquetas. Como Prada o Gucci. Por una cantidad entre 250.000 y dos millones de dólares, los pardillos y los especuladores pueden comprar una obra de arte que no es más que un nombre".

Hirst está más que satisfecho de haberse convertido en su propia marca. Mientras estudiaba en el Goldsmiths College de Londres trabajó en un depósito de cadáveres. Aquello le debió de marcar. En 1988 organizó su primera exposición, Frieze, con algunos de los trabajos de la escuela de arte. Fue así como llamó la atención de Saatchi, quien prácticamente lo adoptó.

Para muchos, Hirst -poseedor de un Turner Prize, uno de los galardones más codiciados del arte británico- es, además, un genio, aunque su última exposición, en la colección Wallace de Londres, no ha recibido lo que se dice buenas críticas. Para Don Thompson, es a la vez artista y marca. Este economista cuenta una anécdota tan demoledora que roza la leyenda urbana. Al parecer, el crítico de gastronomía de The Sunday Times poseía un retrato de Stalin, de autor desconocido, comprado por 200 libras. En 2007 se lo ofreció a Christie's, pero la casa de subastas lo rechazó con la excusa de que no vendían obras de Stalin o Hitler. Desconcertado, Gill preguntó: "¿Y si fuera Stalin pintado por Warhol o Hirst?". "En ese caso nos encantaría tenerlo", fue la respuesta. Así que Gill llamó a Hirst y le pidió que pintara una nariz roja en la cara de Stalin. Así lo hizo y estampó su firma en el cuadro, que se vendió por 140.000 libras.

Pero lo que ha dado fama mundial a Hirst ha sido su calavera de platino con 8.601 diamantes incrustados. Un molde a tamaño natural del cráneo de un hombre, fallecido entre 1720 y 1810, que el artista compró a un taxidermista. Bautizó su joya emblemática Por el amor de Dios, que fue la exclamación de la madre del artista al conocer de qué iba el proyecto artístico.

Don Thompson tiene las ideas claras acerca de qué o quién fija los precios en el mercado del arte. Es concluyente en la respuesta: "En el primer escalón está la galería de arte. Los precios para un nuevo artista sirven para reflejar el estatus de la galería más que el del artista. Una galería superstar puede aumentar tres veces más el precio que tenía la misma obra en otra galería. Los de un artista ya reconocido incrementan su valor al subastarse sus obras. Los precios de una subasta representan lo que el postor más agresivo quiera pagar para superar lo que los otros pujan. De esta forma, lo que se paga en una subasta no refleja necesariamente el precio de mercado de un artista, sino la última oferta de una transacción hecha por un comprador ansioso".

El negocio del arte ha descubierto la Piedra Rosetta con artistas tan polémicos como Jeff Koons o Tracey Emin, o celebridades como Andy Warhol. Más de 20 años después de su muerte, Warhol es el segundo pintor más vendido después de Picasso. Como en el caso de Hirst y Koons, los tres tienen en común el funcionamiento de su taller de producción: son los ayudantes quienes rematan sus obras.

El fenómeno del artista como personaje se inició a principios de la década de los sesenta, cuando Nueva York se erigió en capital del mercado del arte. Jasper Johns, James Rosenquist y Roy Lichtenstein fueron promocionados por los marchantes Leo Castelli, Betty Parsons y Charles Egan. Jeff Koons, el autor de Pantera rosa, más conocido como el "Ronald Reagan de la escultura", ha creado un icono para los visitantes del Guggenheim de Bilbao que adoran fotografiarse ante su Cachorro, un gigantesco terrier cubierto de 70.000 flores. Koons tiene un gran instinto para la autopromoción. Es autor de frases antológicas, como "La corrupción es lo que da libertad a la burguesía" o "La abstracción y el lujo son los perros guardianes de la clase alta".

Todos escandalizan, pero lo que tocan lo convierten en oro. Es la moda y quienes la siguen, tal como dijo el crítico de arte Robert Hughes: "Se mueven como bancos de peces, en grandes grupos, todos a la vez. Se sienten seguros dentro de un gran número. Si alguien quiere un Julian Schnabel, todos lo quieren; si alguien compra un Keith Haring, se venderán doscientos".

Algo parecido ha sucedido con el fenómeno del japonés Takashi Murakami. Lo suyo ya no es una factoría, como la de Warhol, sino una corporación, la Kaikai Kiki, con oficinas en Tokio y Nueva York, que genera beneficios increíbles. Murakami lanzó la idea de lo superplano y la sumisión a la tradición japonesa del manga. Pero, esponsorizado por Louis Vuitton, fabrica bolsos en edición limitada, o camisetas, pegatinas y flores. Representa a jóvenes artistas y vende como nadie.

Don Thompson no se muerde la lengua en su libro al hablar del marquismo que todo lo invade, pero se escapa con habilidad al preguntarle acerca de si también son marcas museos como el MOMA de Nueva York, el Guggenheim o la Tate de Londres. "Hay destinos marcas, y destinos museos, como el maravilloso Museo del Prado en Madrid o la Fundación Miró o el Museo Nacional de Arte de Cataluña en Barcelona. Hay muchos lugares para ver arte en cada ciudad".

¿Negocio o arte? Ésa es la pregunta. La historiadora del arte y ensayista Estrella de Diego es contundente: "Las cosas tienen el valor que queramos darles; antes, las obras tenían un precio por los materiales empleados en ellas, pero ahora el valor es simbólico. En el arte actual hay claramente una parte de negocio, ya que al mismo tiempo que el arte se convierte en un valor simbólico, también va desarrollando un mercado, porque hay alguien que compra y alguien que vende. El mercado del arte es voraz, necesita alimentarse constantemente. ¿Todo es falso? No. ¿Hay mucho tejemaneje? Sin duda. Porque cuando todo es relativo, ocurre eso. Pero hay otro factor que me preocupa mucho y es la idea de que las colecciones de arte contemporáneo de cualquier museo del mundo van a ser idénticas porque en ellas figuran los mismos artistas, los que están todo el día en los medios y en un momento dado racionan sus apariciones como otra técnica de venta. Esta situación hace que luego alguien la aproveche y diga que todo es una puesta en escena, y yo creo que no, lo que pasa es que es muy difícil determinar lo que es arte y lo que no lo es. Es negocio, pero no tan rentable como se cree; puede pinchar, y lo está haciendo. La gente no quiere arriesgarse a comprar algo sin saber su futuro. Cuando sobraba el dinero, las grandes fortunas invertían en arte como si fuera una empresa farmacéutica. Hay muchos intereses creados, y si yo he comprado un Damien Hirst por 15 millones de dólares, no puedo permitir que baje. El mercado es como las casas. Se mantiene porque si se cae, todo el mundo se suicidaría".

Esta reflexión provoca otra: ¿cuanto más cara es, más se valora la obra de arte? Don Thompson responde que en lo más alto del arte contemporáneo "el valor tiende a seguir al precio. Si una pieza se estima en 10 millones de euros es porque se paga eso por ella. Un museo debería anunciar una nueva adquisición no con una descripción del artista o de la época, sino del precio de adquisición". O sea, que comprar una obra cara es decirle al mundo lo rico que se es.

Un famoso marchante decía que tuvo una vez un cliente con una vivienda en el East Side (en Nueva York), otra casa en Kensington, una segunda residencia en el sur de Francia y un pequeño yate, pero que nada impresionaba más a sus amigos (tan ricos como él) como que tuviera colgado en la pared el cuadro de Damien Hirst que compró en la subasta de Sotheby's. Esto demuestra cómo un hombre puede tocar la cima y el dinero.

Las galerías de arte están donde se mueve el dinero. Por eso los artistas se trasladan a vivir a Londres, Nueva York, Roma, Berlín o París. Ellos son el último eslabón, van detrás del capital. Guillermo Solana, director del Museo Thyssen de Madrid, observa la evolución del arte a través de las ciudades donde se comercia con él. "Brujas fue hasta 1500 la capital del arte flamenco y de toda la pintura del Norte. Cuando el puerto de Brujas quedó inutilizado, los gremios y el capital se mudaron a Amberes. Igual que los pintores. El Amberes de Rubens del siglo XVI fue como el Nueva York de finales del siglo XX".

Es ahí, entre Londres y Nueva York, donde se reparte el pastel. La capital británica tiene sucursales de importantes galerías como la de Gagosian y la reconocidísima White Cube, propiedad de Jay Jopling, hijo de Michael Jopling, el que fuera ministro con Margaret Thatcher. Jopling logró auparse tras hacerse amigo de Damien Hirst y Tracey Emin. Un buen negocio, dado que el marchante se lleva el 50% del precio de venta de la obra como comisión.

Charles Saatchi es la figura por excelencia del coleccionista de arte contemporáneo. Cuando compra algo, genera inmediatamente una expectación inusitada. Financió el tiburón disecado y dio a conocer a los jóvenes artistas en la exposición de la Royal Academy de Londres, Usa Today, en 2006. Hoy, su galería en Chelsea es un selecto museo donde se da cita el público más esnob de Londres. Su libro Soy un adicto al arte (editorial Phaidon) es una loa a sí mismo, a sus excentricidades. Pero nadie discute su olfato. Otra de sus famosas ventas fue la obra de Marc Quinn Uno mismo, un molde de la cabeza del artista hecho con cinco litros de su propia sangre congelada. La compró por 13.000 libras y la vendió años después por un millón y medio de libras.

Pero en el negocio del arte contemporáneo, la pieza fundamental son las casas de subastas. Christie's y Sotheby's, como afirma Don Thompson, añaden valor al producto. Son como la Coca-Cola y la Pepsi Cola: compiten entre ellas, pero dominan el mercado. Imponen. Tienen su lista de clientes y marcan diferencias hasta con los horarios. Si son diurnas, no hay tanta expectación. Las de tarde (Evening) añaden un plus de glamour, y para ellas se reservan los lotes y las invitaciones más especiales.

María García Yelo, directora en Christie's España de arte moderno y contemporáneo, opina: "El coleccionista español es cada vez más internacional. Y a la vez muchos de nuestros artistas españoles contemporáneos abren mercado con precios muy fuertes en las subastas. Ya no se puede hablar de un mercado nacional, sino global". Asegura que hay que quitarse de la cabeza la idea de que fuera de España no nos conocen y de que el coleccionista español colecciona sólo pintura española. Habla de artistas cotizados, como Antonio López, Juan Muñoz, Chillida, Plensa, Barceló, Saura... "Nuestras subastas no están pensadas para atraer a gente famosa. Tenemos fluidez con el cliente, nos dedicamos a ellos. Todos piden asesoramiento, y nosotros les ayudamos en lo que podemos. A veces les proponemos vender alguna pieza de su colección porque sabes que hay otra mejor. Ése es nuestro trabajo".

Para Thompson, en cambio, los coleccionistas son unos seres inseguros, inestables. ¿Es eso verdad? "Algunos", dice, "no son tan inseguros, han llegado a lo más alto en su profesión, pero desconfían de sus gustos en arte y eso refleja el hecho de que no están dispuestos a perder el tiempo y hacer un esfuerzo para estudiar el tema; no se trata de una discapacidad para aprender o una carencia de gusto estético".

Alexandra M. Schader, asesora de arte moderno y contemporáneo de Sotheby's España, no cree en la crisis del mercado. Hace unas semanas se celebró en Nueva York una de sus subastas más especiales en la que la obra de Warhol 200 one dollar bills se vendió por 43.762.500 dólares, tres veces más del precio estimado. Cinco figuras sentadas, de Juan Muñoz, lo hizo por 1.202.500 dólares. "En este último año y medio, como en todos los sectores, hemos tenido un descenso de volumen, de cifras. La subasta de Damien Hirst fue un éxito y el final de una etapa de crecimiento. El pico más alto se produjo en 2007. En seis meses de aquel año se facturó más que en cualquier otro año de la historia de la compañía. Fue cuando se vendió el tríptico de Francis Bacon por 86 millones de dólares, algo insuperable. Ese año hubo tantos récords...".

Es el dinero, la codicia o el afán de notoriedad lo que lleva a comprar arte contemporáneo. Thompson responde a esta pregunta con alma de gallego: "Hay tantas motivaciones para comprar arte como compradores existen; algunos lo hacen para decorar sus casas, otros quieren mostrar su buen gusto. Recuerdo demasiado lo de aquel tiburón disecado que costó 12 millones de dólares y me parece ridículo gastarse eso en muchas obras de arte, pero no es menos dinero comprar un óleo de 5.000 millones de dólares".

Artistas marca, star systems, hay de todo, como en botica. Pero ¿hemos llegado al fin del arte con la creación de la marca? Thompson es categórico: "De ninguna manera. Siempre ha habido artistas reconocidos y de marca. Rembrandt fue un artista al que patrocinaban los gremios y hombres ricos". Solana también defiende los nombres reconocidos y muestra un ejemplo: "Marina Abramovic, una artista fuera de serie, está planeando crear un instituto de arte en Nueva York, una fundación para artistas jóvenes; y ella me decía: 'Voy a utilizar mi nombre, pero no por cultivar mi ego, sino porque es una marca y eso puede ayudarme'. Los artistas hoy son marcas, y me parece una manera muy adecuada de describirlos".

Lo mismo opina Manuel Borja Villel, director del Museo Reina Sofía de Madrid: "se especula con el hecho artístico, se comercializa y la obra de arte ya no está separada del mercado como antes. Esto ha traído consigo la popularización del arte y el beneficio comercial. En este sentido, el arte forma parte del mundo económico, y dentro de él hay muchos artistas que tienen un gran nombre, que son marcas. Y el arte es todo lo contrario de la marca. Arte es aquello que no acabas de entender nunca del todo".

El Pais – Diciembre 2009

lunes, 2 de noviembre de 2009

Justicia para Miguel Hernandez




Justicia para el poeta Los familiares Miguel Hernández pidieron a la justicia la reparación moral y la anulación del juicio que injustamente condenó a muerte al poeta en 1940.
Los familiares del poeta español Miguel Hernández (Orihuela, 1910) solicitaron al Ministerio de Justicia un certificado de reparación moral y la anulación del juicio que condujo a la muerte al poeta por "rebelarse contra el régimen del dictador Franco".
La Ley de la Memoria Histórica otorga un certificado de reparación a los que padecieron la injusta persecusión en 1936 y si bien la documentación podría demorar hasta cinco meses, la familia del poeta manifestó que confía en la justicia y que, dados los tiempos, podría coincidir con el aniversario de Miguel, que cumpliría 100 años el 30 de octubre de 2010. La anulación del juicio llevaría más tiempo y no tendría precedentes.
La nuera del poeta, Lucía Izquierdo, afirmó que será un proceso largo, pidió apoyo a las instituciones y que se tome conciencia del pedido que se formula para que se reivindique a uno de los más grandes poetas declarándolo inocente de todo lo que se lo acusó.
Al estallar la Guerra Civil Española, en julio de 1936, Miguel Hernández se situó, sin duda alguna, del lado de la República. Luego de entregarse a la defensa de sus convicciones, en 1939 intenta escapar a Portugal pero es devuelto a España. Comenzó así su vida de encierro hasta que fue liberado y se dirigió a Orihuela para ver a su familia. Allí es apresado nuevamente y condenado a muerte. Su salud se debilitó irrevocablemente y murió en el Reformatorio de Adultos de Alicante en 1942, cuando tenía 31 años.
S.G.
31-10-2009

Saramago y la iglesia catolica




Saramago y la Iglesia Católica, divorciados La iglesia católica se ofendió con José Saramago por sus declaraciones y por "Caín", el nuevo libro del escritor portugués.
Como era de suponer, nuevamente Saramago está enfrentado con la iglesia católica, ¿o debemos decir: la iglesia católica está enfrentada con Saramago?
Luego de conocerse Caín, el último trabajo literario del destacado escritor José Saramago, sectores de la iglesia católica manifestaron sentirse ofendidos ante la peculiar interpretación de la Biblia hecha en Caín por el Nobel portugués y por las declaraciones realizadas por el escritor, quien manifestó que la Biblia es un "manual de malas costumbres sin el cual, probablemente, las personas serían mejores".
Saramago considera que el autor intelectual del asesinato de Abel en manos de Caín es Dios por haber permitido el odio entre los hermanos y lo califica como cruel, mala persona y vengativo.
La sociedad portuguesa no tardó en manifestar su descontento frente a los dichos del escritor y reaccionó convocando a manifestaciones públicas de rechazo al que se sumaron representantes de los sectores políticos y sociales de Portugal. El diputado Mario David le solicitó la renuncia a la nacionalidad alegando sentirse avergonzado por las expresiones del literato.

Por su parte, Saramago dijo que "a las insolencias reaccionarias de la Iglesia católica hay que responder con la insolencia responsable de la inteligencia" y que "no se debe permitir que la verdad sea ofendida todos los días por los presumibles representantes de Dios en la tierra, a quienes en realidad sólo les interesa el poder".
Lo cierto es que, más allá de estas cuestiones, la obra de Saramago moviliza, conduce al pensamiento, a la reevaluación, exige. Felizmente, el lector elegirá sus dioses y sus demonios.
S.G.